¿Cómo pudo hacerme eso? ¿Estoy soñando? ¿Es esto verdad? Estoy sentada a la mesa con Alejandro, el hombre por el que me quité la vida y su nueva novia, mi reemplazo. ¡Y me está reemplazando en frente de mis narices!
Pedí permiso y fui al baño del bar con mi cartera. Me temblaban las manos. Se me caían de los ojos lágrimas inevitables de odio, de pasión desenfrenada, de celos, de impotencia, de no poder creer que lo que me estaba pasando. Me enjugué las lágrimas, no quería darles el gusto de verme llorando. Busqué desesperada con mis manos temblorosas dentro de mi cartera. ¡Maldición! No estaba. Seguí buscando: “estoy segura de que tengo uno”. Lo encontré finalmente: un sacapuntas recién comprado, filoso como ninguna otra cosa. Temblando pero ya suspirando por el alivio que iba a sentir a continuación extraje con las uñas los pequeños tornillos del sacapuntas. Miré la hoja con placer casi orgásmico y me corté los brazos una veintena de veces, con dolor (no el del metal sino el del reemplazo) y placer.
Las mujeres que estaban en el baño me miraban extrañadas, algunas horrorizadas corrían a la puerta. Terminé de cortarme y me sentía mucho más calma. Volví a ponerme el saco y salí, no sin antes ponerme rubor y rimel en la cara y ojos. Claudia y Alejandro charlaban entretenidamente en la mesa de cosas que yo no entendía; no me incluían en la conversación y me sentía de más en mi propia cita. Tomé mi taza de café y al hacerlo se corrió hacia mí la manga de mi saco que ya no era blanco y negro, sino bordó y negro. La sangre salía sin parar, a borbotones, aunque me había cubierto de papel higiénico. Una gota manchó la mesa. “¿Cielo qué te hiciste?”- preguntó Alejandro. La estúpida de Claudia miraba con ojos celestes y freezados. “Nada ¿de qué hablas?”- contesté y a continuación me saqué definitivamente el saco dejando al descubierto mis heridas y mi sangre que emergía como de la fuente de Salmacis.
Claudia abrió los ojos grandes como platos y luego miró hacia abajo (quizás arrepentida del show que habían armado). “Veo que estás mucho mejor”- me dijo él irónicamente. “Sí, muchas gracias por preocuparte”- contesté frívolamente. Después de unos minutos se levantó para ir al baño y quedamos ella y yo juntas en la mesa. Ella me hablaba, como si no tuviera los brazos cortados o la pintura corrida o diez kilos de menos… me hablaba como si fuéramos amigas o compañeras de algo… me hablaba como si no estuviera ocupando mi lugar, haciéndole el amor al amor de mi vida, corrompiendo mi alma y mi salud mental. Hablamos de cine, me dijo que querían ir a ver una película porque a él le gustaba, pero que a ella no tanto. ¡¿Qué podés saber de Alejandro vos que lo conoces hace un mes?! ¿Qué podés saber pedazo de estúpida? Nadie sabe más de él que yo… pero sos mi reemplazo… y sos rubia, tenés ojos celestes, sos médica, tenés treinta años. Yo no soy nadie y estoy sangrando demasiado.
Alejandro volvió, se dieron otro beso en la boca. Yo no podía hacer nada más que quedarme callada y mirando al vacío. Unas palabras terminaron de destruir lo poco de digno que quedaba en mí: “gordo, vamos yendo porque llegamos tarde al cine”. Ahora sí, por favor, ¡mozo! Cianuro on the rocks. Muchísimas gracias y buena vida. “Llamá a tu papá y decile que estás yendo para tu casa”- me pidió él. Que quede claro: no me pidió eso porque se preocupaba por mí, sino porque sabía que iba a intentar morir definitivamente después de semejante escena tragicómica donde él era el actor principal, su pareja la estrella invitada y yo una simple iluminadora del demonio.
-No pienso llamar a nadie.
-Vamos, hacelo… me quedo preocupado sino.
“Dale Cielo, llamá”. ¡La estúpida, la usurpadora, la reemplazante me dijo “dale Cielo llamá”! ¡¿QUÉ ES ESTO?! ¿QUIÉN SOS PARA PREOCUPARTE O INTENTAR HACERTE CARGO? ¡SIQUIERA PARA DIRIGIRME LA PALABRA! Reemplazante de cuarta… ¿Cómo podés siquiera dirigirme la palabra? ¡sucia!
Que Claudia me lo pidiese fue demasiado. Dije que iba a quedarme tomando algo y que no iba a irme hasta que ellos se fueran. “Bueno, nosotros nos vamos”- dijo Alejandro y el eco repitió: “nosotros”, “nosotros”, “nosotros”, “nosotros nos”, “nos”, “nos”. Claudia me besó en el cachete y me dijo: “un gusto”. ¡Un gusto! ¡¡¡Un gusto!!! Alejandro hizo lo mismo, pero sin gustos. Simplemente me dijo: “dale, llamá, por favor”. Le contesté que no pensaba llamar y que por favor se fuera porque se le hacía tarde para el cine.
Él nunca entendió lo que era para mí volverlo a ver después de una interminable espera que incluyó intento de suicidio e internación. Nunca lo entendió y esa noche menos que nunca. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¿Cómo pudo llevarla? Habían caminado ya una cuadra y yo seguía sentada a la mesa, esperando que me cayera un helicóptero encima o me decapitara por casualidad un verdugo cuando de repente alguien me tocó el hombro. No me di vuelta, no me importaba si me violaban. Pero no, era él. Miré para atrás, Claudia esperaba lejos.
-Por favor, si no lo hacés por vos hacelo por mí (¡la historia de mi vida!). Llamá a tus padres.
-No- le dije, mientras ingería un antidepresivo.
-¿Qué tomaste?
-Un Alplax. Lo necesito después de esto.
-Te dije que estaba de novio.
-Sí, pero no que ibas a traerla a sentarse con nosotros.
-No me hagas llamar a tus padres, por favor.
Entonces tomé mi celular y llamé a Papá: “papi, estoy volviendo”. “Ahora me quedo más tranquilo”- me dijo. Me abrazó, me dijo que me quería mucho y se fue de la mano con mi reemplazo.
Pedí permiso y fui al baño del bar con mi cartera. Me temblaban las manos. Se me caían de los ojos lágrimas inevitables de odio, de pasión desenfrenada, de celos, de impotencia, de no poder creer que lo que me estaba pasando. Me enjugué las lágrimas, no quería darles el gusto de verme llorando. Busqué desesperada con mis manos temblorosas dentro de mi cartera. ¡Maldición! No estaba. Seguí buscando: “estoy segura de que tengo uno”. Lo encontré finalmente: un sacapuntas recién comprado, filoso como ninguna otra cosa. Temblando pero ya suspirando por el alivio que iba a sentir a continuación extraje con las uñas los pequeños tornillos del sacapuntas. Miré la hoja con placer casi orgásmico y me corté los brazos una veintena de veces, con dolor (no el del metal sino el del reemplazo) y placer.
Las mujeres que estaban en el baño me miraban extrañadas, algunas horrorizadas corrían a la puerta. Terminé de cortarme y me sentía mucho más calma. Volví a ponerme el saco y salí, no sin antes ponerme rubor y rimel en la cara y ojos. Claudia y Alejandro charlaban entretenidamente en la mesa de cosas que yo no entendía; no me incluían en la conversación y me sentía de más en mi propia cita. Tomé mi taza de café y al hacerlo se corrió hacia mí la manga de mi saco que ya no era blanco y negro, sino bordó y negro. La sangre salía sin parar, a borbotones, aunque me había cubierto de papel higiénico. Una gota manchó la mesa. “¿Cielo qué te hiciste?”- preguntó Alejandro. La estúpida de Claudia miraba con ojos celestes y freezados. “Nada ¿de qué hablas?”- contesté y a continuación me saqué definitivamente el saco dejando al descubierto mis heridas y mi sangre que emergía como de la fuente de Salmacis.
Claudia abrió los ojos grandes como platos y luego miró hacia abajo (quizás arrepentida del show que habían armado). “Veo que estás mucho mejor”- me dijo él irónicamente. “Sí, muchas gracias por preocuparte”- contesté frívolamente. Después de unos minutos se levantó para ir al baño y quedamos ella y yo juntas en la mesa. Ella me hablaba, como si no tuviera los brazos cortados o la pintura corrida o diez kilos de menos… me hablaba como si fuéramos amigas o compañeras de algo… me hablaba como si no estuviera ocupando mi lugar, haciéndole el amor al amor de mi vida, corrompiendo mi alma y mi salud mental. Hablamos de cine, me dijo que querían ir a ver una película porque a él le gustaba, pero que a ella no tanto. ¡¿Qué podés saber de Alejandro vos que lo conoces hace un mes?! ¿Qué podés saber pedazo de estúpida? Nadie sabe más de él que yo… pero sos mi reemplazo… y sos rubia, tenés ojos celestes, sos médica, tenés treinta años. Yo no soy nadie y estoy sangrando demasiado.
Alejandro volvió, se dieron otro beso en la boca. Yo no podía hacer nada más que quedarme callada y mirando al vacío. Unas palabras terminaron de destruir lo poco de digno que quedaba en mí: “gordo, vamos yendo porque llegamos tarde al cine”. Ahora sí, por favor, ¡mozo! Cianuro on the rocks. Muchísimas gracias y buena vida. “Llamá a tu papá y decile que estás yendo para tu casa”- me pidió él. Que quede claro: no me pidió eso porque se preocupaba por mí, sino porque sabía que iba a intentar morir definitivamente después de semejante escena tragicómica donde él era el actor principal, su pareja la estrella invitada y yo una simple iluminadora del demonio.
-No pienso llamar a nadie.
-Vamos, hacelo… me quedo preocupado sino.
“Dale Cielo, llamá”. ¡La estúpida, la usurpadora, la reemplazante me dijo “dale Cielo llamá”! ¡¿QUÉ ES ESTO?! ¿QUIÉN SOS PARA PREOCUPARTE O INTENTAR HACERTE CARGO? ¡SIQUIERA PARA DIRIGIRME LA PALABRA! Reemplazante de cuarta… ¿Cómo podés siquiera dirigirme la palabra? ¡sucia!
Que Claudia me lo pidiese fue demasiado. Dije que iba a quedarme tomando algo y que no iba a irme hasta que ellos se fueran. “Bueno, nosotros nos vamos”- dijo Alejandro y el eco repitió: “nosotros”, “nosotros”, “nosotros”, “nosotros nos”, “nos”, “nos”. Claudia me besó en el cachete y me dijo: “un gusto”. ¡Un gusto! ¡¡¡Un gusto!!! Alejandro hizo lo mismo, pero sin gustos. Simplemente me dijo: “dale, llamá, por favor”. Le contesté que no pensaba llamar y que por favor se fuera porque se le hacía tarde para el cine.
Él nunca entendió lo que era para mí volverlo a ver después de una interminable espera que incluyó intento de suicidio e internación. Nunca lo entendió y esa noche menos que nunca. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¿Cómo pudo llevarla? Habían caminado ya una cuadra y yo seguía sentada a la mesa, esperando que me cayera un helicóptero encima o me decapitara por casualidad un verdugo cuando de repente alguien me tocó el hombro. No me di vuelta, no me importaba si me violaban. Pero no, era él. Miré para atrás, Claudia esperaba lejos.
-Por favor, si no lo hacés por vos hacelo por mí (¡la historia de mi vida!). Llamá a tus padres.
-No- le dije, mientras ingería un antidepresivo.
-¿Qué tomaste?
-Un Alplax. Lo necesito después de esto.
-Te dije que estaba de novio.
-Sí, pero no que ibas a traerla a sentarse con nosotros.
-No me hagas llamar a tus padres, por favor.
Entonces tomé mi celular y llamé a Papá: “papi, estoy volviendo”. “Ahora me quedo más tranquilo”- me dijo. Me abrazó, me dijo que me quería mucho y se fue de la mano con mi reemplazo.
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