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Un viernes 13

Hace unos cuantos años, antes de empezar a conocerme, de buscar dentro de mí respuestas que evitaba, de pensar en las personas como individuos pero también como algo más grande y fuerte, no tenía muchas expectativas, ni me conocía. Tenía preguntas, dudas, pero se manifestaban en agresión, en silencio, en bajar la cabeza. Realmente, me encontré en muchas situaciones donde sentí vergüenza. Muchas veces me avergoncé de mí, de mis sentimientos. Sentía mucha vergüenza de decir no quiero salir a jugar a la pelota, no me gusta esa chica, no quiero que pienses por mí, no quiero que elijas por mí, no soy así, no hago eso. Tuve que luchar conmigo y con los demás, con el peso de la imagen, de las expectativas, de las risas, de la burla. Tener voz es difícil, tenerla cuando (como en mi caso) te empezas a dar cuenta, a ver, a sentir muchas cosas desde muy chico es peor. Mi papá es un ejemplo, siempre tuve (y voy a tener) en cuenta su forma de ser. Papá es una buena persona, admiro mucho su inocen...
Recuerdo sus palabras, un poco lejanas. Trato de recordar su rostro, un poco lejano también. A veces la recuerdo y me inunda una nostalgia; sus manos, sus uñas...no me atrevo a decir que la extraño, pero la recuerdo a diario. Sus palabras, antes del comienzo, antes de dar el gran respiro. Me pongo a pensar, en ese año, en esa época, recordar me lleva (quizá) a esos lugares, sentimientos, personas, tan distantes de mi, al fin...al fin puedo volver a respirar y no sentir que quedo completamente vacío. Disfruto del libertinaje, de mí, pero sin embargo, puedo sentir el cambio acercarse, el golpe de aire y no lo pienso dejar escapar, no lo pienso soltar.

El argentino que se hizo querer de todos

Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica d...