Recuerdo sus palabras, un poco lejanas. Trato de recordar su rostro, un poco lejano también. A veces la recuerdo y me inunda una nostalgia; sus manos, sus uñas...no me atrevo a decir que la extraño, pero la recuerdo a diario. Sus palabras, antes del comienzo, antes de dar el gran respiro. Me pongo a pensar, en ese año, en esa época, recordar me lleva (quizá) a esos lugares, sentimientos, personas, tan distantes de mi, al fin...al fin puedo volver a respirar y no sentir que quedo completamente vacío. Disfruto del libertinaje, de mí, pero sin embargo, puedo sentir el cambio acercarse, el golpe de aire y no lo pienso dejar escapar, no lo pienso soltar.
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El argentino que se hizo querer de todos
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Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica d...
La mufa, Julio Cortázar
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Vos ves la Cruz del Sur, respirás el verano con su olor a duraznos, y caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires. Quizá la más querida Me diste la intemperie, la leve sombra de tu mano pasando por mi cara. Me diste el frío, la distancia, el amargo café de medianoche entre mesas vacías. Siempre empezó a llover en la mitad de la película, la flor que te llevé tenía una araña esperando entre los pétalos. Creo que lo sabías y que favoreciste la desgracia. Siempre olvidé el paraguas antes de ir a buscarte, el restaurante estaba lleno y voceaban la guerra en las esquinas. Fui una letra de tango para tu indiferente melodía.